El día después

Se acabaron las excusas, Zapatero ya no tiene un chivo expiatorio con el que justificar el desencuentro en nuestras relaciones con los Estados Unidos. De acuerdo en que el antiamericanismo se haya convertido en un activo electoralmente rentable de la izquierda española, por mucho que la mayoría de la masa social que la integra se empape entusiasmada de su cultura y tradiciones. Vale que la entronización de Bush como emperador del Averno haya servido a nuestra izquierda para tener un diana fácil en la que ir haciendo blanco cuando el momento político lo aconsejaba. Pero la utilización de la política exterior como arma de consumo interno es un juego peligroso que acostumbra a pasar factura en algo tan importante en el mundo de la diplomacia como es la confianza, ya no la que recíprocamente nos tengamos con América, obviamente inexistente, sino la que el resto de la comunidad internacional nos otorgue después de haber asistido como espectadores privilegiados a esta partida de dardos en la que siempre dábamos en el puntito rojo. Lo que une al mundo occidental son sus valores democráticos, en el epicentro, la libertad, llevada hasta el extremo de elegir periódicamente a quien queramos que nos represente. Menospreciar a todo un pueblo por carecer de sintonía con quien lo preside o confundir sus decisiones con un sentimiento homogéneo de toda la sociedad no puede generar más que desconfianza en el conjunto de la comunidad internacional, circunstancia nada positiva en un mundo complejo en el que hay que saber con quién se puede contar y estar seguros de quién camina en la misma dirección. Tengo la convicción de que el nivel de expectativas generado por Obama quedará muy por encima de los resultados de su gestión, aun siendo ésta excelente. El motivo no es otro que el estrecho margen de juego del que los presidentes americanos disponen atendiendo a las líneas que marcan sus principios como nación. No será el cambio el denominador común de la nueva Administración americana; lo será su capacidad de reconducir los excesos cometidos por su antecesor, en un sistema que ha definido y convertido a los Estados Unidos de América en el país más influyente del planeta. Concretamente en política exterior las cartas americanas que mostrará Obama ya están encima la mesa. El propio Sr. Bush, posiblemente después de un acto de contrición, las levantó: repliegue gradual de las tropas de Irak, gradual, baste recordar que el nuevo vicepresidente, Biden, fue quien más recriminó a España la súbita retirada de nuestro contingente; más dotaciones en Afganistán, donde solicitará también mayor compromiso en efectivos españoles; pleno apoyo a Israel en el conflicto de Oriente Medio; firmeza en la lucha contra el terrorismo internacional, con un Irán nuclear en el ojo del huracán por mucho diálogo que haya entre medio y la petición a Europa de que la categoría de aliados la practiquemos invirtiendo para la causa lo que proporcionalmente nos corresponda. Se acabaron las excusas y Obama debe ser también una oportunidad para que nuestro Gobierno madure en política internacional y entienda que en diplomacia los gestos tienen más valor que las palabras, evitando de esta manera repetir excesos. Cierto, excesos dirigidos a Bush, pero de los que todo el mundo ha tomado nota. Estas circunstancias debería conocerlas el Sr. Zapatero, prepararse para ello y convencerse de que el Sr. Obama no va a ser su réplica americana, así todos tendremos la tranquilidad de que con el paso del tiempo no repondrá la diana con la que ensañarse. Acabo con unas palabras del propio Obama, muy gráficas, pronunciadas en la convención demócrata del año 2004: «Ni Republicanos, ni Demócratas?, Americanos». Bonito, ¿verdad?

Publicado: Diari de Tarragona (12/11/2008)

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